papá hemingway
Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso
en Hemingway son dos imágenes violentas. La primera explicada por él mismo en París era una fiesta; la soberana paliza
que le pegó a su mujer por perderle la maleta donde guardaba todos sus
manuscritos. La segunda explicada por Guillermo Cabrera Infante, no recuerdo
ahora si en Cine o sardina o en una
entrevista de prensa; Hemingway le invitó a pescar el pez espada. Una vez en
alta mar, el barco es rodeado por tiburones y Hemingway baja a la bodega, de
donde regresa armado con una ametralladora. Cabrera Infante teme que vaya a
fusilarlo, pero él la emprende con los tiburones, ametrallándolos, quizás
vengando al protagonista de El viejo y el mar.
Esa violencia y el pueril apetito por
ella, sea la caza, el boxeo o los toros, están presentes tanto en la vida como
en la obra de Hemingway, que acaba con un disparo de escopeta en la cabeza,
pero no parecen más que la respuesta a la aguda consciencia de la fragilidad
del instante, como las de Fitzgerald habían sido la derrota y el alcohol. Creo
que no eran muy distintos el uno del otro. Fitzgerald se autodestruyó más
rápido y Heminway tardó veinte años en reunirse con él, soportando un proceso
de degradación que le llevó a acabar siendo una parodia de si mismo, una
especie de vaca sagrada a la que llamaban Papá.
El truco inicial de Hemingway tiene
que ver con eliminar todo lo que sobra, tanto en la trama como en el estilo, lo
que recuerda a ese juego oriental en el que se van quitando palillos de un
montón, procurando que el montón no se caiga. Esa es la gracia de Hemingway:
despojar sus relatos y novelas y que sigan en pie. Hubo algo más. Raymond
Chandler, nacido en Chicago pero criado en Inglaterra, identificaría en
Hemingway y también en Hammet un nuevo
lenguaje literario, al que llamaría El
idioma americano, que sonaba muy distinto a lo que sonaba en Inglaterra.
Tal vez no podamos captar ese primer deslumbramiento, el momento en el que
Hemingway sonaba nuevo, como el jazz saliendo por las ventanas abiertas de
Nueva Orleans o Chicago, y sí hayan quedado el olor a naftalina y los detalles
que envejecen el paño.
Cuando Cyril Connolly quiso glosar El cielo protector, de Paul Bowles, lo
presentó como un Hemingway para adultos. A menudo recuerdo que tanto Hemingway
como Disney empezaron en un periódico de Kansas City, pero como hay dos Kansas
City, no sé si se trata de la misma. Es una casualidad, pero me parece que
tienen algo que ver que la Main Street de Disneylandia sea la reproducción de
la Calle Mayor de una pequeña ciudad americana alrededor de 1910 con que los
relatos de Hemingway a menudo aludan a ese paraíso previo a la Gran Guerra del
que sus protagonistas han sido expulsados.
Tal vez el estilo parco y lacónico de
Hemingway y su construcción sin adornos ni saledizos se ajusten más al relato
que a la novela, y tal vez sean sus relatos y no sus novelas los que más tiempo
le sobrevivan, pero no estoy en condiciones de decirlo. De sus novelas he leído
Adiós a las armas, Tener y no tener y El viejo y el mar. He leído más cuentos, algunos de ellos
memorables, como Las nieves del
Kilimanjaro, La vida corta y feliz de
Francis Maycomber y, sobre todo, Los
asesinos, uno de mis cuentos favoritos, junto a Los muertos, de Joyce, Un
recuerdo navideño, de Capote, o Las
armas secretas, de Cortázar. Borges mismo quedó tan impactado por Los asesinos que escribió un relato
desde el punto de vista del hombre que espera.
Pero hay una imagen que resume todo
Hemingway. Está en Two Hearts river:
el niño que va a pescar con su padre, sumerge la mano en el río y tiene una
epifanía que le deja entrever en la plenitud de la naturaleza su inmortalidad.
Eso iba buscando Hemingway en Ketchum,
Idaho, según Hunter S. Thompson, que escribió un reportaje sobre los últimos
días de Hemingway allí, recogido en La
gran caza del tiburón. Convertido, después de la guerra, en algo no muy
distinto del Ratón Mickey, cada vez más incómodo en la Cuba revolucionaria, se
retira a ese pueblo de Las Rocosas a ser uno mas de sus habitantes: a beber, a
cazar, a pescar; a vivir en comunión con la naturaleza, como el niño que
sumerge la mano en el Río de los Dos Corazones, a salvo del tiempo y de su
derrota. Puede que Hemingway buscara eso pero no lo encontró. Se voló la cabeza
con su escopeta de caza.
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