los domingos, Guillem Martínez, Anagrama, 2021
Empecé a seguir
a Guillem Martínez en twitter porque lo confundí con otro Martínez con el que
había compartido habitación en un congreso de jóvenes escritores en la última
década del siglo pasado. Tardé meses en descubrir mi error porque soy como el
Inspector Clouseau, pero sin criado chino. Gracias a este error pude descubrir
a Guillem Martínez y leer sus crónicas parlamentarias primero y después sus
artículos, ahora recogidos en este libro, después.
Decía Indro
Montanelli, un señor por el que yo me compraba La Vanguardia los domingos, que
un periódico es un invento imbatible; lo compras, puedes leerlo en el autobús o
en el metro, y cuando lo acabas puedes tirarlo a la papelera o usarlo para
envolver bocadillos. Todo en él es efímero y tal vez lo más efímero en él sean
los artículos de opinión. Cuando pienso en ellos me acuerdo de las palabras que
el escritor o colectivo de escritores conocido como San Mateo puso en boca de
Jesús acerca de las flores del campo, que hoy son y mañana se arrojan al fuego,
pero ni Salomón en toda su gloria vistió con más lujo que ellas. Que alguien
haya recogido las flores de Guillem Martínez, las haya metido en un libro, como
en un herbario, y sigan frescas da una idea de qué tal son.
Los artículos o
columnas de opinión o como se llamen son un género difícil y arriesgado, que
requiere ser preciso y airoso; no están muy lejos del trapecio o de la cuerda
floja. Sus autores son acróbatas, trapecistas, hombres bala. Pueden hacer la
misma pirueta una y otra vez para acabar sonriendo después del ale hop.
Tal vez el mayor de estos saltimbanquis, o el más imitado, en los últimos 50
años, el Pinito del Oro del columnismo español haya sido Francisco Umbral,
antes Paco. En todo este tiempo le han salido sobrinos e hijos putativos, o
como diría Leone, ha sido el padre, sí, pero de un montón de hijos de puta. Por
lo general chavalotes de cuarenta años con vocación canallita y prosa de
imitación. Guillem Martínez no es de estos y por eso se parece más a Umbral: ha
logrado su propio número de hombre bala.
Desde que
apareció el jazz en el músico no es tan importante la técnica como el swing.
Ya lo dijo Duke Ellington, It’s
don’t mean a thing (If it ain’t got that swing). Y Guillem Martínez tiene swing,
vaya que sí.
Voy
a traer aquí a Chandler, primero porque me apetece y segundo porque después me
vendrá muy bien para cerrar: cuando un aspirante a colaborador iba a visitar a
Joseph Sahw, editor de Black Mask, este le sacaba un relato
mecanografiado de Chandler y un lápiz y le animaba a tachar las palabras que a
su juicio sobrasen. Se lo devolvían sin un tachón y Shaw remataba Pues así
quiero que escriba. Lo mismo pasa con estos artículos de Guillem Martínez. Me
dirán que exagero, que se puede tachar aquí y allá; claro, pero entonces no
serían artículos escritos por Guillem Martínez, los podría haber escrito usted,
o yo, o el vecino del quinto. Todo está en el swing.
Como
estamos ante una colección de artículos semanales, frescos y lozanos, podemos
ver cómo evoluciona este swing, cómo se va afinando y afilando hasta ser
más certero según pasan los años, más económico, porque el autor necesita menos
intentos para dar en el blanco. Es por esto cada vez mayor la brevedad y menor
el adorno, por lo que me pasa -una reseña es la historia de algo que le pasa
con un libro a quien la escribe- algo muy raro: el libro cada vez me recuerda
más a otro libro que nada tiene que ver con él, El libro de la Misericordia,
que Leonard Cohen escribió metido en una autocaravana varada en un camping de
la Provenza, mientras las cigarras cantaban al sol. Hay sabiduría y consuelo en
ambos, logrados a partir de la desorientación y el desconsuelo y eso convierte
a ambos libros en algo muy antiguo, de otro mundo, y con esto vuelvo a Chandler
y me despido.
Aunque
nacido en Chicago, Chandler creció y se educó en la Inglaterra georgiana como
un caballero, al menos hasta que el tío que le pagaba los estudios decidió que
no lo quería tanto como para pagarle la Universidad. A principios de los
cincuenta, después de publicar El largo adiós, volvió a Inglaterra y
quedó a la vez encantado y sorprendido por la atención y el aprecio que recibió
allí. Hasta W. H. Auden y Cyril Connolly tuvieron una polémica por él. En una
de las entrevistas que concedió dijo que en todos sus relatos y novelas había
tratado de reproducir el lenguaje y las formas de culturas ya hacía mucho
tiempo extintas y olvidadas. No es menos que eso lo que consigue Guillem
Martínez con Los domingos.
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